CASTELLANO – categoría Adultos

 

La enfermedad metafísica

 

(Sylvia Plath recuerda a sus hijos, Frieda y Nicholas Hughes Plath, el 11 de febrero de 1963)

I

Mis hijos F. y N. ya saben que expresar el gris es atrapar la materia de lo quemado.
Un salto por la ventana muy posterior al grito.

Entro en casa y me duele la composición de lo no vivido,
los marcos de las preguntas, la contestación de los muebles
cuando el gato deshilacha las palabras más allá de su eco.
Es curioso: el gato siempre nos transmite lo inefable, cuanto no queremos no oír,
lo que nos desenchufa…
de esta corriente de días que estallan contra el horizonte.

¿Es o no es curiosa esta noche que se precipita por el desagüe de la existencia
y que exhibe el color de unos ojos que solo vimos bien en la niñez, el color de unos ojos, en efecto, que no se podrán ya olvidar?

Mis hijos F. y N. ya saben que la vida desiste continuamente de su belleza
y que no deja de ser un dolor ciego
y que tiende a desgarrarse por capricho
cuando nos escuecen los pensamientos o nos llueve en las profundidades un misterio.

Ay, hijos,
no sois solo el fruto de un inmenso dolor y su belleza.
Sois el propio dolor y su terrible, deslumbrante belleza.
De un dolor, ay, así.
Del dolor, ay, en sí; de la vida.

De un inmenso dolor que a veces se pronuncia en distintos idiomas
y que quiso manifestarse en la impiedad del deseo.

Me maravilla miraros
mientras los pájaros arañan todas las ventanas y los espejos se hunden.
Siento el retortijón de quienes fuimos
─aquella tarde púrpura─
vuestro padre y yo, desnudos en un páramo.

Me maravilla y me desmigaja el alma ese entusiasmo
que animó el devenir de los afectos
que culminaron en vuestras sonrisas de dientes enanos.

Mis hijos F. y N. notan que sufro
y que estoy muy enferma de las sensaciones.
Y eso es lo que me turba y me zahiere.
Y eso es lo que me sangra y lo que lloro
con estos sucios ojos
llenos de lunas contaminadas,
pues no los reconozco
en las chispas que rompen el cielo
cuando una fruta se cae de las nubes
y no tengo más fuerzas,
pequeñuelos.

Ya no tengo más fuerzas para construirme sobre mis ruinas.

II

Yo nací en una tina de cristales rotos
y todo lo que fui queriendo se escurrió entre las grietas
y entonces fui a buscarlo
y me rasgué los músculos y las venas.

Me sajé los tendones que comunican los dedos con la fiebre del tacto.

Me rompí hasta las duras membranas
por donde la piel filtraba todos los sentimientos.

O quizás yo naciera en una pequeña cajita de zapatos
sin apenas agujeros para respirar
y me pasara toda la infancia
viendo cómo a Warren le crecían los sueños
y después mis amigos empezaron a fumar
y con un gran mechero le prendieron fuego
a esa pequeña cajita de zapatos
conmigo dentro.

 

Aitor Bergara Ramos