CASTELLANO – categoría Infantil
Donde el tiempo aprende a quedarse
No es el tiempo quien pasa,
somos nosotros
cruzando su silencio.
Las horas no se van,
se quedan adheridas
a la piel de las cosas.
En la taza olvidada,
en la silla que aún cruje tu nombre,
en la luz que no sabe apagarse.
He visto al tiempo doblarse
como una carta antigua,
amarillenta de despedidas.
Lo he sentido en mis manos,
cuando sostienen lo que ya no existe
y aún pesa.
Porque lo ausente
también ocupa espacio.
Y a veces grita
con una voz tan baja
que solo el alma escucha.
Hay días que envejecen de golpe,
como si la tristeza
acelerara los relojes.
Y otros, en cambio,
se quedan suspendidos
en un segundo interminable.
Ahí te recuerdo.
No como eras,
sino como te inventa
mi necesidad de no perderte.
El tiempo no cura,
aprende a disimular heridas.
Las esconde en la rutina,
las viste de costumbre,
las llama “vida”.
Pero hay grietas
por donde se filtra el pasado,
terco, luminoso, intacto.
Y entonces volvemos
a ser quienes fuimos
sin permiso del presente.
Es extraño:
todo cambia, dicen,
pero hay instantes que resisten.
Se niegan a morir,
a deshacerse,
a convertirse en polvo.
Quizá por eso escribo,
para engañar al tiempo,
para decirle que no gana.
Para fijar en palabras
lo que ya no puedo tocar.
Y que, al menos aquí,
en este breve milagro de tinta,
tú permanezcas.
No eterno,
pero sí suficiente.
Como un latido
que decide quedarse
un segundo más.
Gala Lazcano Pereira